De entre los numerosos apelativos que identificaron a Buenos Aires durante las primeras décadas del Siglo XX («La París de América», «La Reina del Plata») hubo uno que, no por poco conocido, resultó menos cierto: “La ciudad de los tranvías”. Y no es de extrañar. El tranvía fue por entonces una presencia cotidiana en la ciudad, tanto que Georges Clemenceau, Presidente de Francia, señalaba en sus diario de viaje: «No hay calle que no tenga su propia línea. Daría la impresión de que los porteños usaran el tranvía hasta para ir al baño». La apreciación no exageraba demasiado: con más de 800 kilómetros de vía la red alcanzaba los puntos más importantes de la ciudad y la vinculaba incluso con el área suburbana.

Durante la segunda guerra mundial el sistema se vio seriamente comprometido. La falta de repuestos diezmó la flota tranviaria y dificultó el apropiado mantenimiento de la infraestructura. La revancha llegaría en la segunda mitad de la década de 1950, cuando tanto la red como la flota tranviaria recibieron mejoras en pos de su modernización. Se desarrollaron y fabricaron nuevos modelos de tranvías, se tendieron nuevas extensiones y se renovaron vías y líneas de tendido aéreo. Pero al mismo tiempo oscuros intereses trabajaban en las sombras para imponer al «moderno» ómnibus y la batería de insumos que grandes empresas de capital extranjero ansiaban proveer (combustible, neumáticos, repuestos, etc). El resultado fue la promulgación de un decreto disponiendo la eliminación definitiva del sistema tranviario, estableciendo como fecha tope para el cese del servicio el 24 de diciembre de 1962.

Casi dos décadas después de aquella despedida, sin embargo, su figura volvería a materializarse en las calles porteñas a instancias de un grupo de entusiastas que el 16 de julio de 1976 se unieron para formar la Asociación Amigos del Tranvía con el propósito de rescatar su historia y concientizar sobre el lugar que este modo de transporte debería ocupar en el futuro de la movilidad urbana. Con el apoyo del gobierno municipal (que autorizó a utilizar el circuito de 2 km de extensión que conectaba la línea A de Subterráneos con el taller Polvorín en el barrio de Caballito) comenzó la búsqueda de un vehículo. La tarea no fue sencilla: increíblemente no había quedado en pie ni uno sólo de los miles de tranvías que otrora habían recorrido la ciudad. Si bien se conservaban algunas carrocerías (mayormente en estado deplorable), motores, controllers y otras partes mecánicas habían sido por completo chatarreadas. Sin desanimarse, los miembros de la AAT cruzaron entonces las fronteras buscando algún ejemplar en Montevideo o Asunción del Paraguay pero los resultados fueron igualmente negativos.

La solución llegó entonces de la mano de la empresa Serviço de Transportes Colectivos de Porto (Portugal) que ofreció un vehículo producido en 1927 bajo licencia Brill, el mismo fabricante que había sido proveedora en nuestro país de la tradicional Compañía Lacroze. Aceptada la oferta y tras intensos trámites de importación, llegó el coche (que portaba el número 258) al que se sometió a diversas reformas propias para su adaptación visual a un modelo porteño. Todo estuvo a cargo de los propios miembros de la asociación, quienes contaron no obstante con la colaboración de Subterráneos de Buenos Aires, el aporte del Banco de la Ciudad de Buenos Aires y otras empresas que contribuyeron con elementos de herrería, pintura y todo lo necesario para concretar aquel sueño.

Finalmente el 15 de noviembre de 1980, mientras una copiosa lluvia amenazaba con enlutar la fiesta, el 258 salía del Taller Polvorín entre vítores y aplausos de una multitud que, lejos de amedrentarse por el chaparrón, se mantuvo inamovible para presenciar el regreso de aquel ilustre protagonista de la vida porteña que esta vez llegaba para quedarse. [Continuará…]

Fuentes consultadas:

  • Gonzalez Podestá, A. Los tranvías de Buenos Aires, AAT, 1986.
  • Boletines de la Asociación Amigos del Tranvía
Andrés J. Bilstein
Apasionado por la historia ferroviaria y su divulgación, participó en diferentes iniciativas editoriales especializadas en las últimas dos décadas. Es miembro activo de la Asociación Amigos del Tranvía y socio fundador del Círculo Ferromodelista Sud.

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