El tranvía que cayó al Riachuelo

Hace 90 años Buenos Aires amanecía estremecida por una impactante noticia: un tranvía de la Compañía Eléctricos del Sud había caído a las frías aguas del Riachuelo. Aunque en principio se relacionó el siniestro con un supuesto banco de niebla, las pruebas demostrarían otra cosa.

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Sábado 12 de julio de 1930, son las 6 de la mañana y todavía está oscuro, pero hacia el este en el horizonte comienza  a clarear. Hace mucho frío y una persistente llovizna cae sobre la ciudad de Buenos Aires; hay sudestada y el Riachuelo está crecido, pero la atmósfera es clara y no hay niebla. Por el cantero central del bulevar Pavón en Avellaneda, un tranvía de la línea 105 (coche número 75, uno de los únicos cinco coches pequeños  de 2 ejes que poseía la empresa) avanza velozmente, había partido hacía media hora de la estación Lanús con destino a Plaza Constitución.

Sobre el puente levadizo de la «Compañía Tramways Eléctricos del Sud», había mucho movimiento dado que numerosos transeúntes lo cruzaban por las pasarelas peatonales de los costados; el tráfico tranviario también era intenso dado la «hora pico» y los coches circulaban repletos de trabajadores con destino a la zona fabril de Barracas. A cierta distancia de allí y sobre la margen sud del Riachuelo, estaba ubicado el muelle «Piñeiro» donde se hallaba el buque motor «Itaca II», el cual había soltado amarras y se dirigía lentamente hacia el puente. Al timón de la embarcación estaba el patrón Vicente Ferrer Abrellano, y en la cubierta de proa el joven marinero de 24 años de edad Paulino Schenone; Abrellano hacía sonar repetidamente el silbato, era la señal dada al encargado del puente indicándole que debía elevar éste para darle paso.

En la garita de control del mismo se encontraba a cargo Manuel Rodríguez, español de 58 años de edad; escuchó el silbato del «Itaca II» y tras el cruce de dos tranvías que se hallaban próximos, encendió las luces de peligro y comenzó a elevar el tramo móvil. Las luces rojas eran visibles a prudente distancia, y la silueta fantasmal del puente levantando indicaba en forma inequívoca la imposibilidad del cruce. En la pasarela peatonal del costado oeste del puente, varias personas esperaban pacientemente que el mismo volviera a cerrarse para poder cruzar hacia la Capital; entre ellas se hallaba Antonia Casalda de Fernández de 41 años acompañada de su pequeña hija, miro su reloj: eran las 6 con 15 minutos.

A la distancia y procedente de la calle Bosch, se oía el inconfundible traqueteo de un tranvía que se aproximaba; algunos transeúntes lo observaron con curiosidad, pues el coche no se detuvo en el «cluster» de parada obligatoria. Al ver que el tranvía continuaba su marcha sin detenerse, algunas personas comenzaron a gritarle, nadie comprendía por qué el conductor, aparentemente, no advertía el peligro al que se estaba aproximando.
En el interior del coche 75 la mayoría de los pasajeros somnolientos, no se percataban de lo que estaba ocurriendo; sin embargo uno de ellos, Remigio Benadussi, italiano de 57 años, quién viajaba junto a la ventanilla del segundo asiento del lado derecho, pudo ver las luces rojas y el puente levantado; se puso de pie y trato de dar la alarma pero ya era demasiado tarde.

En la proa del «Itaca II» que ya se encontraba a unos 25 metros del puente, el marinero Schenone observó atónito como el tranvía continuaba su marcha y tomando bruscamente la curva y contracurva, encaraba tras la recta final la muerte: alcanzó a gritar a su patrón: «Aguantá el tranvía, máquina atrás!».

La escena que siguió fue terrible, en el último instante los infortunados viajeros comprendieron el cruel destino que les aguardaba, un clamor generalizado partió de sus bocas; luego el ruido estrepitoso del tranvía cayendo a las aguas.
El «puentero» Rodríguez repuesto de la sorpresa de lo que acababa de ver a través de la ventana de la garita, corrió hasta el extremo del tramo fijo norte y al asomarse sobre la barandilla, observó a varias personas tratando de nadar en la superficie mientras proferían gritos en demanda de auxilio.

Dos pequeños remolcadores se acercaban desde el muelle del frigorífico «La Negra», para auxiliarlos: el «Mercedes» y el «Guillermo L» llegaron justo a tiempo para rescatar a los cuatro sobrevivientes que habían logrado salir del tranvía ya sumergido.
Otros tres pasajeros se salvaron saltando de la plataforma trasera en la que viajaban, a la pasarela peatonal sólo segundos antes de la caída del tranvía, ellos eran: Agustín Airaldi; Pedro Sartirana y Antonio Hidalgo. Pero eso era todo, sólo 7 sobrevivientes contra el saldo trágico que se daría a conocer al día siguiente: 56 muertos, todos ellos de condición humilde.

La noticia del desastre se extendió rápidamente por el barrio de Piñeiro, de donde eran residentes muchos de los pasajeros del tranvía accidentado; luego a todo Avellaneda y a la Capital Federal; lo que produjo la llegada de cientos de personas que desde muy temprano y a pesar de las inclemencias del tiempo, se agolpaban en las inmediaciones del puente de la C.T.E.del S.; algunos preocupados por presumir que algún familiar o amigo viajara en el tranvía trágico.

El «puentero» de la Compañía Manuel Rodríguez fue inmediatamente detenido e incomunicado, permaneciendo en esa situación por espacio de 5 días; mientras se tomaba declaración a sobrevivientes y testigos presenciales, realizándose diversas diligencias en el marco de un cerrado hermetismo propio del «secreto de sumario». Ante la total ausencia de declaraciones oficiales sobre las posibles causas del desastre, tomaron su lugar las especulaciones y los trascendidos alimentados en gran medida por la prensa sensacionalista, como por ejemplo el diario: Crítica que en su edición del domingo 13 de julio, presentaba en primera plana y en letras gigantes el título: «murieron como ratas dentro del tranvía».

Así es como fueron tomando cuerpo varias versiones, la principal hacía alusión a la «densa niebla» que había impedido ver el puente levantado. Otras hipótesis que también se esgrimían con no menos vehemencia, tenían que ver concretamente con la persona del motorman Juan Vescio el que se contaba entre la lista de víctimas fatales; y variaban desde el simple ataque cardíaco, pasando por la supuesta ebriedad y llegando incluso al estado de demencia temporal.

Luego de las pericias de rigor, el 22 de julio se dio a publicidad el resultado de la autopsia realizada al motorman Vescio, el informe  forense concluía: «Vescio era un hombre totalmente sano y robusto de corazón fuerte, no se encontraron indicios de alcohol en su sangre, cayó al agua con vida falleciendo por asfixia por inmersión».

Esto echaba por tierra las hipótesis referidas a Vescio, Pero la pregunta que quedaba flotando era inevitable: ¿Que había sucedido?. La pericia mecánica efectuada al combinador de marcha del tranvía, demostraba que la manivela de velocidad y freno eléctrico se trababa habitualmente, a consecuencia de que un «segmento» desplazado fuera de lugar por causa de un tornillo flojo, al chocar con un «dedo» de contacto obstruía el movimiento normal de la misma.

El coche 75, luego de una reparación integral, fue puesto nuevamente en servicio tiempo después pero cambiando su identidad para evitar herir la sensibilidad de sus ocasionales pasajeros.

Fuentes consultadas:

  • González López, J. L., La era del Tranvía Eléctrico, MJL Ediciones, 2007.

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